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Se estiman en 5 millones el número de personas amputadas de miembros superiores en todo el mundo. Sin embargo, según la propia OMS, más de ocho de cada diez necesitadas de dispositivos de movilidad no los tienen, bien porque no pueden acceder a ellos, bien porque no pueden costeárselos.

En regiones en desarrollo, las prótesis se fabrican con yeso, a partir de moldes genéricos. Estas argamasas manuales no cuentan con una gran vida útil y cuando se manchan o mojan acaban convirtiéndose en nidos de bacterias.

Kenia es un país especialmente azotado por esta situación, un país donde la mitad de los pacientes en salas de cirugía han sido lesionados en la carretera. Por otro lado, también hablamos de un país donde las malformaciones congénitas, derivadas de mala alimentación durante la gestación, son una de las principales causas de problemas en el desarrollo anatómico.

Y hasta allí fue donde Guillermo Martínez, un joven madrileño, decidió marcharse cuando aún era estudiante de Ingeniería de Organización Industrial en la Universidad Rey Juan Carlos. ¿Su meta? Ayudar realizando prótesis impresas en 3D con una BQ Witbox 2.

Ilusión y deseo de ayudar

No diremos nada nuevo al afirmar que las impresoras 3D han sido una de las revoluciones técnicas del siglo. Capaces de resolver problemas mecánicos con siglos de investigación, han puesto sobre la mesa (de elaboración) que el DIY va más allá de las figuritas de plástico para decorar una estantería.

Ya lo documentamos: hoy día, con una Witbox Go! y cuenta en My Mini Factory, podemos encontrar plantillas de diseño para casi cualquier cosa. El ocio y la juguetería parece el marco de acción principal. Pero el mayor activo de la impresión 3D reside en la inmediatez y economía con la que podemos construir objetos de verdadera utilidad práctica. Desde soportes modulares para herramientas hasta una prótesis de brazo.

Como nos cuenta por teléfono, Guillermo Martínez viajó hasta la región keniata de Kabarneta, al orfanato Bamba Proyect en el Valle de Rift, en Kenia, para «ayudar». Daba igual a qué. Allí pasó dos semanas de verano y, tras ver la urgente necesidad, contactó con voluntarios para que le ayudasen a encontrar pacientes necesitados de prótesis.

Fabricando ideas

Todo comenzó «cuando aún estaba estudiando, hacia enero de 2017. En paralelo me quise comprar una impresora 3D. En mi casa fui aprendiendo poco a poco, a base de prueba-error y me di cuenta que esta tecnología daba para mucho más que para hacer figuritas. Entonces fue cuando encontré por Internet distintos modelos. Comencé a imprimir prótesis de asociaciones como Enabling the Future, a probarlas y a modificarlas», recuerda Guillermo.

Ambos caminos confluyeron en su viaje al orfanato y, desde entonces, no ha dejado de fabricar piezas ortopédicas: «Los organizadores me mandaban fotos de personas de la zona con problemas, algunas sin codo. Ahí fue cuando constaté que no había ninguna prótesis por Internet que pudiese cubrir este problema. Me quedaban un par de meses para volver. Así que decidí diseñarlas e imprimirlas para llevarlas en mi próximo viaje».

Nueve meses después de entregar su primera prótesis, recibió este vídeo. Desde entonces, las impresoras de BQ y el proyecto Ayúdame3D de Guillermo han unido fuerzas y ayudado cada mes a más personas.

Mecánica básica

Desde aquellos primeros modelos, Guillermo se ha enfrentado a todo tipo de retos, desde prótesis de brazo completo que requieren de un arnés fijado al pecho, hasta otras piezas que, por tamaño, debía calibrar una y otra vez. De hecho, apenas cuenta con unas fotos para comenzar a elaborar sus piezas ortopédicas.

Es un trabajo tenso porque se basa en «el ensayo-error» y un trabajo milimétrico: primero se imprimen las piezas por separado. Después se implementan manualmente mediante enganches y bisagras. Finalmente se ata todo bien con gomas y velcros. El sistema de cuerdas actúa como un resorte, abriendo y cerrando la mano, para que el usuario pueda coger cualquier objeto.

Como ya hemos ejemplificado con casos similares en Uganda, este tipo de prótesis mejoran la calidad de vida de una forma inmediata.

La impresión 3D ha democratizado el acceso y ha facilitado la gestión de la biomecánica básica. Una simplificación que Guillermo ha querido trasladar a toda la cadena de procesos: «no necesitas ningún tipo de intervención quirúrgica. Son como unas zapatillas: van con velcros ajustables, puedes ponértela para comer o quitártela para ducharte».

Como nos explica, «todas las plantillas están disponibles en Internet y cuando alguien me las pide, tomo medidas y la imprimo. Es un mecanismo sencillo con hilos, gomas y plástico. Un diseño muy low cost. El coste de fabricación, en las prótesis de brazo completo, no pasaría de 30 euros».

Un modelo de fabricación conceptualizado, en parte, para evitar necesitar complementos caros. «Mi meta era construirlas sin nada de robótica, porque encontrar pilas o una batería en ciertos lugares es muy difícil. Si se rompe es más fácil fabricar una nueva de sustitución».

El precio de intentarlo

«A mi correo contactan ONG’s, apadrinados y particulares. Mi meta no es fabricárselas a quienes puedan permitirse cualquier prótesis, sino aquellos pacientes que tienen una y nunca les ha funcionado del todo, para personas sin recursos o para situaciones especiales donde tengo que rediseñarlas».

Una tarea altruista que lleva a cabo poco a poco: «actualmente tengo una lista de espera de unas 15 personas. Con cada impresión suelo estar unas dos o tres semanas, incluso un mes cuando tengo que rediseñar algunas partes. Pero si me dedicase profesionalmente podría tenerla lista en un día».

Un día. Esta es la cifra en la que incidir. Y en la facultad de hacer lo mismo que él: «Cualquiera puede hacerlo. Yo actualmente lo estoy haciendo en mi tiempo libre con un par de impresoras desde el dormitorio. Los archivos están en Internet». Un mensaje que el madrileño quiere convertir en motto: para ayudar a mejorar la vida de una persona sólo necesitamos la voluntad de querer hacerlo.

 

Desafortunadamente, este modelo no sirve para las extremidades inferiores.

«Actualmente no me siento capaz. He asumido que no puedo construir nada de pies ni extremidades inferiores. Una prótesis de pie debe soportar todo el peso, ciclos de carga y fatiga constante. Se necesita un estudio previo, un equipo de supervisión, fisioterapeutas, etcétera. Las prótesis de brazo cumplen funciones básicas para mejorar la vida cotidiana: coger libros, vasos, una pala… ningún objeto que supere unos 5 kg».

Hablamos, en cualquier caso, de modelos fáciles de financiar y de producir. El siguiente escalón, de hecho, pasa por acortar los plazos y eso implica llevar una impresora a Kenia. Aunque nos topamos con otro escollo: la calidad del sistema eléctrico.

Pero no lo olvidemos. En un planeta donde 1.500 millones de personas viven a oscuras nacen ideas como balones que generan electricidad a partir de energía cinética o sistemas que cargan móviles a partir de barro. Mientras haya voluntad e ideas habrá un motor para mejorar la vida de las personas.